Abrir los ojos nada más despertar y darte cuenta de que estás de vacaciones es una de las mejores sensaciones que uno puede sentir. Un torrente de ideas se agolpa en tu mente, inundada por unos segundos de una felicidad plena: por fin, sin estrés, sin obligaciones, descansar, disfrutar, adiós al trabajo y a los jefes, playita, cerveza, familia, siesta, libros, buena conversación, amigos, gin tonic, esto es vida, me lo he ganado.

Aquel era mi primer día de vacaciones y ya me había dejado impregnar por uno de los típicos y maravillosos juegos que te envuelven durante las vacaciones: ‘no saber en qué día vives’ (@Oursouls).

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No sabía si era lunes o jueves, ni si estaba amaneciendo a las nueve de la mañana o eran ya las dos de la tarde. Esa sensación de haber escapado de la tiranía del tiempo me hizo sentir invencible y, de nuevo, feliz. Me rebullí entre las sábanas y eché un vistazo a la habitación del hotel, estaba decorada con mucho estilo y te hacía sentir relajado; sí, definitivamente, podía estar muy a gusto allí. Había sido ‘un año de espera para relajarme, disfrutar y desconectar de la rutina habitual, un sueño que realizar en el mejor @Vincci_Hoteles’ (@mardevinez)

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Las vacaciones no eran la única razón por la que me sentía así de eufórico. Ese día era mi aniversario de boda, ‘diez años casado con una gran mujer y buena madre, diez años de amor verdadero’ ( @josem699 ).

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No seré yo quien idealice el matrimonio, la convivencia es dura y desgasta, pero en días como éste haces balance, y el balance era muy positivo. Por eso quería que ese día fuese inolvidable para ella, hacerle saber lo feliz que me sentía de tenerla a mi lado. Tenía pensados pequeños detalles con los que ir sorprendiéndola durante todo el día, y estaba nervioso como un niño que celebra su cumpleaños. Seguro que ella pensaba que ni me iba a acordar de la fecha, siempre le he dicho que eso de los aniversarios es una cursilada que no va conmigo y nunca lo hemos celebrado, a pesar de que alguna vez me ha parecido notar un velo de desilusión en sus ojos cuando terminaba ese día y había sido, efectivamente, uno como cualquier otro, sin felicitación, regalo, recuerdos ni celebración alguna.

Sumido en estos pensamientos, me sumergí  en la placentera rutina de los días de verano: desayuno relajado y copioso en el hotel, mañana de playa jugando con los niños y leyendo el periódico, y, para comer, nada mejor que ‘una buena paella regada con un vino blanco bien frío’ ( @Cocobarcelona) al borde del mar.

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Aunque a nuestro alrededor la gente se inclinaba más por la fritura y el clásico atún de almadraba gaditano, aquel arroz me supo a gloria. La comida me puso en bandeja la primera de las pequeñas sorpresas que tenía preparada ya con el camarero, una botella de cava bien fría con un sobre atado a su corcho. Ella miraba al camarero sin entender, pero cuando él le dijo: ‘muchas felicidades, señora, espero que disfrute mucho de este día’ y ella abrió el sobre y encontró una foto del día de nuestra boda, todo cobró sentido, y me abrazó riéndose, como no lo había hecho nunca.

Después de comer, y con los niños sesteando en las hamacas debajo de las sombrillas de la piscina, aprovechamos para tumbarnos también a leer un rato. No hay nada que le pueda gustar más, siempre me lo ha dicho: mi planazo de verano es ‘estar bajo una sombrita con uno de mis libros favoritos’(@HelenGloverP).

Yo decidí darme una vuelta por el hotel en el que pasaríamos los próximos días para conocer bien las instalaciones y, en mi paseo, me encontré con un atrayente cartel: ‘Disfrute de la relajación termal más exclusiva y completa a orillas de la Costa de la Luz’. ¡Un spa, cómo no se me habría ocurrido! Con lo que a ella le gustan estas cosas. Y en el mismo hotel, sin tener que arreglarse ni salir. El sonido del mar y el olor a flores que allí se respiraba me pareció una buena combinación para ‘pensar solo en vacaciones y dejar atrás el estrés’ (@Duapara)

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No lo pensé dos veces y le reservé una cita para esa misma tarde. Cuando ya atardecía, fui a esperarla en el jardín con los niños. Al verla aparecer con esa cara relajada y una sonrisa tranquila, supe que había sido un éxito. Un abrazo suyo me lo confirmó: ‘No sabes lo que ha sido. Una sesión de masaje relajante y un baño de espuma con aroma a cerezas(@MariaRRub). Un sueño.¡Gracias!’

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Ella propuso rematar el momento de relajación disfrutando de uno de esos atardeceres inigualables que ofrece la costa de Cádiz. Y, esta vez, la casualidad hizo el resto; aunque lo hubiese preparado, no habría podido salir mejor. Sentados en la terraza, con un refrescante cóctel en la mano y un atardecer de película frente al mar, comenzó a sonar la música de La vida es bella (@luisa_mon), una de sus favoritas. Me miró entregada, pero tuve que reconocerlo: ‘Esta vez no he sido yo, es la música del hotel’.

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Ella hizo gala de ese humor tan rápido que me enganchó nada más conocerla: ‘Bueno, pues han cumplido otro de mis sueños, ‘un verano perfecto es uno sin música de King África’ (@Cocobarcelona)’. Reimos todos juntos sabiendo que estábamos disfrutando uno de esos momentos mágicos de las vacaciones.

El día había sido agotador y los niños estaban que se caían, así que decidimos saltarnos la cena y acostarles pronto. Cayeron rendidos y, cuando nos desplomábamos en las butacas de la habitación para descansar, sonó el timbre de la habitación. Ella me miró extrañada y se apresuró a abrir. Un camarero con una elegante mesa, decorada con flores y velas, y con una deliciosa cena a base  de delicatessen apareció ante sus ojos. Ella se giró y me miró dubitativa. ‘Sí, esta sí es mía –me apresuré a decir, con un guiño de complicidad-’.

Las últimas horas del día fueron placenteras y relajadas, comentando entre risas nuestra primera celebración de aniversario en diez años. ‘La sorpresa de una cena romántica y un baño decorado con velas ha sido el broche final de la noche’ (@latikaf_f), me dijo mientras me abrazaba.

‘Lo vas a tener difícil para superarte el año que viene’, me espetó. Aquello ya no me hizo tanta gracia. Mi cara le hizo romper a reir: ‘Tranquilo, solo estoy bromeando, estos recuerdos son irrepetibles’.

 

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